Hace unos años ir al cine significaba hacer una cola más o menos razonable, pagar una cantidad alta en la taquilla y casi un impuesto revolucionario por unas míseras palomitas o una chocolatina (no había más dónde escoger). En cada cine exhibían una sola película y las salas eran grandes, con lo cual si eras lo suficientemente fuerte como para resistir un par de semanas al impulso gregario de ir el día del estreno, podías ver la película cómodamente en pantalla inmensa y sin necesidad de soportar el ruido que hacía el imbécil del asiento de al lado porque podías dejar un par de filas entre tú y la comida. Es decir, que ibas al cine y podías ver la película.
A esto se le llamó la crisis del cine. No me pregunten porqué.
Por lo visto la culpa era del espectador, porque surgió el video y la posibilidad de quedarte en casita, renunciando a la calidad de la visión en el cine y a esa magia de las luces apagadas. Claro que como contrapartida no te movías de casa, salía más barato, podías ir la lavabo sin perderte lo mejor de la película, las palomitas te salían casi gratis (¡que no son percebes coño!) y no tenías que soportar al imbécil glotón del asiento contiguo.
Así que la industria del cine contraatacó, bueno, importó el modelo americano, que es lo que siempre funciona. Reconvirtieron las salas en minicines, con lo que donde antes cabía una, ahora puedes escoger veinte a tamaño mini. La nueva experiencia es que la pantalla es mini, pero bueno como estas pegado a ella la ves grande y como la sala también es mini, está abarrotada, con lo cual al imbécil que comía palomitas lo tienes a tu lado como un rumiante. Pero por suerte no todo es mini. El precio es maxi. Pagas lo mismo por una entrada que si esperas un año y te compras de DVD de saldo. Y la oferta de comida se ha multiplicado, el imbécil de tu lado ahora puede escoger entre 68 tamaños de palomitas (con algunos cubos donde cabría de cuerpo entero), chocolatinas, golosinas, el tamaño mega maxi de la cocacola y perritos calientes. No me extraña que los mejores equipos de sonido estén en los cines, supongo que es para que no se oigan las masticaciones, degluciones, absorciones, eructos y demás conversaciones.
Pero ya no es eso, el problema es que de las veinte películas que hay en el multicine diecinueve son una mierda, y la que no lo es o tiene las entradas agotadas o solo la proyectan en sesión golfa a las 4 de la mañana para los muy sibaritas (si lo que quieres de verdad es ver cine y no comer perritos calientes pues te jodes y no duermes).
Así que ya que estás allí te metes en cualquiera que te prometa dos horas de evasión, es decir: efectos especiales y violencia, justo lo que necesitas para sublimar la mala leche que te produce el haber tenido que cruzar media ciudad y hacer una cola de una hora para ver una película que encima no te interesa y en una minipantalla. Pero por lo menos la taquillera ha sido clemente y te ha concedido dos asientos en medio de la sala. Claro que solo quedaban cuatro, así que te daba dos de esos o te ibas a otro multicine.
Y cuando te sientas los ves venir. Los ves avanzar pasillo abajo, tan adolescentes ellos, cargados con una bandeja de comida y hablando tan alto que ni el anuncio del dolby puede con ellos. Porque, claro, tienen que entrar cuando la película ya ha comenzado (no me extraña, porque con todo lo que traen en la bandeja lo deben haber encargado ya el día anterior, supongo que se preguntan: “¿dónde comemos mañana“, “¡en el cine!, ¡en el cine!”). Y compruebas con horror que solo quedan dos sitios libres en el cine y están justo a tu lado.
Entonces comienzan los problemas de pareja, porque le dices a tu pareja (que siempre parece indiferente a estos problemas) que os vais.
-Ni hablar, ya hemos pagado la entrada.
Ante la cruda evidencia te resignas y pasas dos horas “disfrutando” de la película, sin poder estamparle los sesos al glotón de tu lado porque en la sala no se puede fumar pero sí comer y compartir los olores químicos de ese perrito deber ser mucho más pernicioso que la nicotina.
Y entonces te dicen que el cine de nuevo está en crisis. Y que la culpa de nuevo es tuya. Porque esta vez, so delincuente, te estas bajando las películas con un programa de P2P para verlas en casa sin pasar por el minicine. Y la industria del cine no entiende cómo tú, cinéfilo de toda la vida, llega un momento en que ir al cine te la suda y te quedas en casa disfrutando de tu DIVX. Y yo casi lloro de culpabilidad mientras mastico mi perrito caliente sin joder a nadie, tumbado en el sofá viendo en la comodidad de mi casa la película que quiero ver, sin colas y sin abusos.
2 comentarios:
Mientras no den permiso para castrar en la puerta a todos los gilipollas engullepalomitas no hay nada que hacer. Estas cosas en un estado policial fascista no pasarían.
Y por cierto... ¡Deja de joder a mi sector laboral! Si no entiendes de cine y te conformas con la pantallita de casa no lo demuestres de viva voz. Ignorante.
Lo sabía, lo sabía...je, je...
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