Hasta los mismísimos estoy de que cada domingo sea el día de algo. El día de la bicicleta, el día, del patinete, el día de la maratón...cualquier excusa es buena para colapsar la ciudad. Claro, como en domingo casi no hay coches porque todo dios sale de la ciudad en estampida en busca de cuatro horas de caravana (ida y vuelta, ojo) siempre queda el grupito que se junta para hacer el día de algo. Cualquier excusa es buena, la gente se aburre.
A mi me gusta pasear por la ciudad en domingo, porque casi no hay gente, está tranquila y no hay coches. No hace falta ir corriendo y puedes disfrutar de la arquitectura. Pero claro, giras una esquina y te encuentras con el día de los que utilizan papel higiénico de color rosa. Cada cual a su rollo. Invaden en plan marabunta una de las avenidas principales de la ciudad seccionándola por la mitad y haciendo imposible cruzar al otro lado. Tú los miras con odio y ellos tan felices, reivindicando su derecho a limpiarse el culo. Pasar supone interrumpirles la marcha. Ellos llevan su dirección y la fuerza del número los hace poderosos. Tú quieres seguir recto, pero en cuanto tratas de cruzar por en medio te ves arrastrado en el sentido de la marcha por un grupo de fanáticos del rosa. Y te miran raro, comienzan a murmurar que tú no eres de los suyos, que seguramente tú usas papel higiénico blanco, cosa que va a ser cierta, porque tú no eres original. Así que la masa te vomita de nuevo hacia el exterior. Has pasado al otro lado por fin. Y puedes seguir con tu paseo. Hasta que te das cuenta que la marcha sigue en zigzag y que cada dos calles vas a encontrártelos de nuevo.
Y así domingo tras domingo. Si no es el día del escarabajo pelotero, es el día de la rana saltarina. La cuestión es que la ciudad es de todos, por eso el que puede se larga de fin de semana al campo.
1 comentario:
Hay que contraatacar con una guerra a la japonesa. Si no te gusta el día de tal, hagamos saturación de días a lo tal. El día de los que no nos gustan los días de tal, el día de los que pedimos burdeles gratis, el día de los que odiamos las bicicletas, el día de los jóvenes anticristo. Esto es como lo de los jóvenes que hacen botellón. Si cogieras a varios y fueras a hacer botellón delante de su casa cuando duermen, algo cambiaría. Hay que hacer sentir al prójimo lo que el prójimo me quiere hacer sentir a mí. Y si no te apetece eso, siempre te queda el recurso de inflarle a hostias las mejillas. Pero ya sabes que yo ese recurso fácil lo odio. Sobre todo si el prójimo es una multitud de cientos de personas que pasean el Domingo por la calle.
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