
Los libros de autoayuda y los de emprendedores son la prueba de que nuestra sociedad no funciona. Los primeros supuestamente tienen que ayudarnos a hacer de nuestra vida una balsa emocional y por lo menos ayuda a mejorar la vida de una persona: el que lo escribió, que vive mejor a base de dar consejos inútiles a aquellos cuya vida es una desgracia. Los segundos básicamente tratan de explicar cómo nos podemos hacer ricos y al igual que los de autoayuda viven de la ingenuidad y la avaricia de la gente.
Al igual que nunca he entendido como los videntes no dirigen el mundo si sus poderes funcionan, no entiendo como un emprendedor pierde su tiempo en escribir un libro una vez se ha hecho megamultimillonario. Bueno, en realidad sí lo entiendo. Lo hacen para pasarnos por las narices que lo han hecho, en su mayor parte siendo unos hijos de puta y jodiendo a los demás, la única forma de hacerse multimillonario aparte del mundo artístico (aunque posiblemente Madonna sea perfectamente capaz de combinar ambas vertientes).
Pero no hay suficientes multimillonarios para escribir todos los libros de emprendedores que hay en el mercado, así que el resto deben vivir bastante bien de vender sus libros de cómo hacerse millonario.
De vez en cuando me da por ojear estos libros y suelo huir de ellos como de Paulo Coelho. Pero este libro me atrajo tanto por la temática (morboso que es uno) como por ser la narración de un fracaso empresarial. El pornógrafo emprendedor de Gavin Griffiths en un libro muy divertido que narra la historia de cómo un ejecutivo decide intentar reflotar una revista erótica sin tener ni idea del mundo editorial ni mucho menos del mundo editorial erótico. Y obviamente fracasa. Pero la historia vale la pena y a ratos se hace entrañable. Es uno de esos libros que nunca imaginé que me gustaría como me ha gustado y que demuestra que dentro de cualquier género puede haber algo bueno. Aunque sea rematadamente difícil de encontrar...
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