Esta semana se ha cumplido el 60 aniversario de la liberación de los presos del campo de concentración de Auschwitz. Como cada año se me pone la piel de gallina al imaginar el horror que esos seres humanos tuvieron que sufrir en manos de sus asesinos. Cada vez quedan menos supervivientes pero su memoria debe perdurar y pasar a las generaciones posteriores para que nunca se vuelva a repetir. Para eso está la historia para que el ser humano nunca olvide las barbaridades que puede cometer la humanidad en nombre de una idea, del fanatismo o simplemente de la crueldad.
Cualquier excusa es buena para que el otro sea menos que uno mismo, el color de su piel, su idioma, su religión, su condición económica... Cada día tenemos ejemplos como la guerra de Irak, el conflicto palestino, el terrorismo islámico, vasco, o el que ejercen encubiertamente también los estados. El ser humano parece albergar en su interior todo lo bueno y todo lo malo. Pero los logros de la civilización y la cultura parecen a veces una fina película protectora que nos rodea pero desaparece con suma facilidad dejando salir la barbarie y el animal que todos, sin excepción, llevamos dentro.
Todo esto me lleva a recordar una entrevista a Edward O. Wilson donde exponía que cada 10 millones de años había una catástrofe a nivel planetario que obligaba a la vida a partir de cero. La ultima catástrofes había sido el meteoro que provocó la extinción de los dinosaurios y que impactó en el actual golfo de México. Y consideraba que la próxima la provocaría el ser humano.
El ser humano como especie puede ser considerado como un virus, capaz de destruir su entorno y a si mismo para expandirse, sin comprender que en esa expansión irracional y destructiva va incluida su propia extinción. Si me reencarno quiero ser un delfín.
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