domingo, 17 de abril de 2005

De ballenas y hombres


beluga
Originally uploaded by ncrisis.
Hace unos dí­as tuve la oportunidad de visitar el Oceanográfico de Valencia. Arquitectónicamente el complejo de las Artes y las Ciencias me parece espectacular y Santiago Calatrava, su arquitecto, simplemente un genio. Pero consideraciones arquitectónicas aparte, mientras visitaba la sucesión de peceras tuve la misma sensación que tengo cuando visito un zoo: una profunda tristeza por aquellos seres. Me parece injusto que los consideremos como objetos de exposición, por muy bellos que sean. Son seres vivos y en ninguna medida son propiedad nuestra, no se puede obligar a un ser vivo a vivir encerrado. Tambien acudí­ al espectáculo de los delfines y allá­ la sensación se acrecentó, por supuesto. Probablemente sean los seres más inteligente del planeta junto con los primates y los reducimos a payasos de circo. Me encantarí­a verlos en mar abierto cazando atunes y no en una piscina haciendo piruetas idiotas para disfrute de niños y adultos, más preocupados por devorar sus palomitas que por aquellos animales.
A mi me da igual que sean seres inteligentes o no, porque no somos precisamente nosotros nadie para juzgar la inteligencia, nosotros que matamos a muestros congéneres y hacemos del genocidio un arte. Son seres vivos y libres y destruimos su dignidad.
Los mamí­feros acuáticos más grandes del complejo eran un par de preciosas ballenas beluga. Junto a sus vidrieras se apelotonaban grupos de gente, mirando curiosos. Y la que más curiosa parecía era la propia ballena, pues cada cierto tiempo se acercaba a los espectadores y los miraba, ante el júbilo de todo el mundo.
Y entonces me di cuenta del triste truco. El cristal no era tal, sino un espejo, al menos para la ballena, que no nos veí­a a nosotros sino a sí ­ misma reflejada.
No se qué nivel de inteligencia se le atribuye a la beluga. Pero si se lo que es la empatí­a y ponerse en el lugar de los demás. Y me imagino a mi mismo, sumergido en un habitáculo reducido, sin saber cómo habí­a llegado allí­ y sin salida. Con el torturante reflejo de mi mismo siempre delante.
Horrible. Y curiosamente parecido a la vida que llevamos nosotros mismos. No sabemos que hacemos aquí­, ni controlamos nada. Solo tratamos de navegar a la deriva, sorteando la corriente y tratando de llegar a algún puerto o de asirnos a algo que flote un poco. Y quizás tambien un dios extraño nos observe, riendose de nuestras vidas cotidianas, considerandolas un espectáculo risible, como hacemos nosotros con las ballenas.

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