Ha muerto el papa. Mi pesame a todos los que en él creyeran, que no es mi caso. Lo advierto por adelantado para que nadie se ofenda, porque desde que tengo uso de razón (es decir, no hace mucho) me he declarado agnóstico convencido.
Vocacionalmente soy ateo, pero reconozco que así como San Agustín fue capaz de erigir sus pruebas de la existencia de Dios, yo no soy capaz de demostrar su inexistencia. Pero algo tengo claro: si Dios existe no le importamos una mieeeeerda. Así que no tengo por qué creer en quien no cree en mi.
Y todo esta declaración de principios viene a raiz de que este sería un momento estupendo para que Dios mostrara su existencia. Pongamos que dos mil millones de angeles acuden al sepelio del Papa y se lo llevan en volandas hacia el cielo abierto para recogerlo, en medio de campañillas celestiales y un buen despliegue luminoso. O mejor: que resucite al Papa. Si ha sido un buen papa yo lo mantendría unos añitos más y despues lo acogería en mis brazos celestiales. Y una resurrección a tiempo es todo un golpe de efecto. Yo mismo me plantearía mi agnosticismo si por ejemplo resucitara a Marilyn o por ser más prosaico a Will Eisner, el dibujante de comics recientemente fallecido. Claro que Eisner era judio y Dios no se lleva muy bien con ellos desde que le mataron al hijo. Aunque los judios no estén tampoco de acuerdo en que sea el mismo Dios. Y ya no hablemos de los musulmanes...
En fin, que se puede armar la de Dios, con perdón.
Pero supongo que lo único que pasará es que enterrarán el pobre cadaver de un anciano, le pondrán una losa (del mejor marmol, eso si) y se habrá acabado el Papa Polaco. A papa muerto Papa puesto.
Y alguna gente seguirá viviendo en base a las reglas que los supuestos representantes de Dios en la tierra promulgan, sean estos cristianos, judios o musulmanes. Y lo que es peor, muriendo y matando.
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