miércoles, 1 de junio de 2005

La persistencia de la memoria

Oliver Sacks es un neurólogo famoso por los libros donde describe casos clínicos de pacientes con extrañas enfermedades, siempre relacionadas con disfunciones cerebrales. En Un antropólogo en Marte dedica el último capítulo al caso de una mujer autista de 40 años que ha conseguido superar su disminución y trabajar integrada en la sociedad, una sociedad a la que difícilmente comprende y que ve como si fuera un alienígena venido a la tierra. No me extenderé más sobre el caso porque recomiendo enfervorecidamente la lectura del libro, pero sí quisiera transcribir unas palabras de esta persona autista:
"-Hay algo que quiero decirle antes de que lleguemos al aeropuerto -dijo con una suerte de apremio. Me contó que la habían educado dentro de la religión episcopaliana, pero que desde muy temprano había «renunciado a la fe ortodoxa» (la creencia en una deidad o intención personal) en favor de una idea de Dios más científica.
- Creo que en universo existe una fuerza superior que imparte el bien una entidad personal, como Buda o Jesús, quizá algo como el orden a partir del desorden. Me gusta pensar que aunque no haya vida después de la muerte, en el universo queda cierta huella energética... Casi todo el mundo transmite sus genes. Yo puedo transmitir mis pensamientos o lo que escribo... Eso es algo que me preocupa mucho... -Temple que estaba conduciendo, de pronto vaciló y lloró-. He leído que la inmortalidad reside en las bibliotecas... No quiero que mis pensamientos mueran conmigo... Quiero haber hecho algo... No me interesa el poder, ni amasar montones de dinero. Quiero dejar algo a la posteridad. Quiero realizar una contribución positiva, saber que mi vida ha tenido un sentido. En este mismo momento, estoy hablando de cosas que son la esencia misma de mi existencia.
Me quedé de piedra. Mientras salía del coche para despedirme, dije:
-Voy a darle un abrazo. Espero que no le importe. -La abracé y (creo) ella correspondió a mi abrazo."


Estas palabras me han emocionado. El mayor castigo al que los egipcios podían someter a un ser humano no era la muerte o la tortura, era el olvido. Se borraba cualquier dato de su existencia para que las generaciones venideras olvidaran totalmente la historia de aquel sujeto. Tal fue el caso del famoso faraón hereje Akenaton, cuya historia y conversión al monoteísmo fue borrada de la memoria del pueblo egipcio y solo recuperada en nuestra era a través de las reconstrucciones arqueológicas.
Es curioso como esta autista, a pesar de no comprender gran parte del comportamiento humano, muestra una de nuestras mayores ansias: la de perdurar y ser recordado, porque es el único sucedáneo que tenemos de la inmortalidad.
En nuestra era de la información se hace difícil el concepto del olvido. Todo se recuerda, todo se observa, todo se graba. Dependemos cada vez menos de la memoria en cuento tenemos otros soportes mucho más precisos que la tradición oral o escrita. Parece que todo tenga que pasar a la posteridad, sin diferenciar lo que es importante de lo que no. E incluso llega a ser más importante la conservación del momento que el momento en si. Cuantas veces no hemos visto a bandadas de turistas fotografiando desesperadamente monumentos, lugares y gentes en vez de disfrutarlos. Es más importante rememorar el momento en diferido que vivirlo. Queremos conservar el instante, atrapar el tiempo y nos olvidamos de disfrutarlo en directo. Tanto nos ha acostumbrado la tecnología actual a conservar la información que no concebimos que algo que vemos por primera vez puede que también lo veamos por última vez.
Ese concepto de fugacidad nos aterra. El pensar que la memoria no es persistente sino tremendamente fugaz y que todas nuestras experiencias desaparecerán con nosotros es uno de nuestros mayores temores. Se le llama muerte. Cuando nuestra vida acabe la huella que podamos haber dejado desparecerá con nosotros y no se prolongará más allá de alguna generación y el recuerdo que pueda tener un nieto de su abuelo. ¿Alguien se acuerda del nombre de su bisabuelo o de cómo fue su vida? Sabemos que se reprodujo por el obvio hecho de que nosotros vivimos, pero lo ignoramos todo sobre sus sentimientos, sus temores, sus miedos, sus amores. La herencia genética se transmite, pero hasta ahora la herencia sentimental o intelectual se perdía. Solo los artistas o los políticos podían legar algo a la posteridad y proyectarse a si mismos a la eternidad.
Hoy las nuevas tecnologías permiten en cierta manera que todos dejemos una huella aunque sea muy pequeña, una fotografía, un video, un diario o un pequeño blog.

1 comentario:

Sergio dijo...

Perdona... ¿De qué iba el artículo? Es que lo he olvidado. Bueno, sobre la memoria quería escribir algo hasta que me lo pisaste. Pero da igual. Mañana, cuando escriba lo mío, hasta tú te habrás olvidado de tu artículo. Creo que podría copiarlo y hacer creer que es mío. En fín... Si tienes que dejar algo tras de tí, que no sea tu memoria. ¡Déjame tus comics!