sábado, 4 de junio de 2005

Maruja Torres y el futuro que nos espera

Maruja Torres es de aquellas personas que me gustaría que se metieran en política. El único problema es que es una mujer extremadamente inteligente, de sólidos principios y gran cultura, así que es imposible que se meta en un mundo dominado por el obscurantismo, la mentira y el mamoneo. Los artículos que escribe en El Pais son un ejemplo de clarividencia. Como este aparecido el pasado jueves:

A pulso
Toda sociedad produce su violencia, así como su forma de representarla. Pero nuestra sociedad de la abun­dancia se caracteriza —tanto en la brutalidad que manifiesta como en las ficciones que fabrica para refle­jarla— precisamente por el exceso de oferta. Las posibilidades de que los adolescentes isabelinos, al salir de ver una función de Hamlet, imita­ran al príncipe de Dinamarca y se cargaran a sus parientes eran bastan­te escasas; además, la violencia del teatro shakespeariano se ve compen­sada por su profunda carga de sabi­duría humana y la belleza de su tex­to. Tal vez algunos abandonaran el local con ganas de matricidio, pero es casi seguro que la mayoría mejo­raron al verse frente a algunas verda­des de la vida expresadas con tantísi­mo talento.
No obstante, imaginen que un Hamlet (o Macbeth, u Ótelo, O El mercader de Venecia) sin apenas diá­logos, pura acción y crimen, se repre­sentara sin parar durante años en los múltiples canales de televisión a que hemos venido teniendo acceso. ¿No sería de esperar que, en un mo­mento dado, una generación empe­zara a practicar lo que había visto en casa desde que tuvo suficiente conocimiento? Una generación em­papuzada de telefilmes repletos de violaciones, palizas, asesinatos, crueldad y estupidez (los guionistas no son Shakespeare), que además dispone de videojuegos y de conso­las y de escaparates con sobredosis de materiales destinados a fosilizar el cerebro. Una generación encalleci­da por la indiferencia ante el sufri­miento ajeno. Una generación que no dialoga salvo por teléfono, que no recibe de sus padres más que fra­ses destinadas a rebotar en la reali­dad virtual de la pantalla o el centro comercial.
¿De verdad podemos creer que estos ramalazos de bullying asesino, esas navajas fáciles, esa mentalidad de hooligans, ese mear en la calle y romper los cascos de botellas, ese racismo y ese gritar putas desde lo alto de un banco un viernes de ma­drugada; en serio podemos permitir­nos creer que ese pandillismo de to­da la vida no recoge características, y sobre todo una amenaza masiva, propias de esta sociedad disparata­da? Bienvenidos al territorio Blade Runner, nuestro futuro. A pulso, nos lo hemos destruido a pulso.


Pues eso, bienvenidos al futuro, un futuro más parecido a Mad Max que a Star Trek.

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