De tanto en tanto me gusta sumergirme en la euforia consumista que tanto repudio, más que nada para reafirmarme en mis convicciones. Y uno de los sitios donde esta euforia consumista se hace más patente es Ikea, la multinacional de los muebles. Ikea ha conseguido convencer a todo el mundo de que sus productos son de calidad y mucho más baratos que en cualquier otro sitio. Los admiro, de una forma similar a la que admiro a un timador o a un ladrón de guante blanco. Con la única diferencia de que los timadores y los ladrones son perseguidos por la ley, mientras que las empresas como Ikea son santificadas por nuestro sistema económico. Ellos te venden los muebles y tú te los transportas y te los montas. Vale. Basándote en esa premisa y si calculas el alquiler de la furgoneta que necesitas para llevarte los muebles (trata de meter un armario en un Ford Fiesta...) o pagar los costes de transporte, unido al tiempo y los estudios de ingeniería y física nuclear necesarios para montar los muebles, !es que no te sale a cuenta¡
Y como siempre o falta o sobra algo del muble. Te quedas mirando ese tornillo que no encaja en ningún sitio preguntándote si es que le sobraba al mueble o te faltaba a ti cuando lo compraste. Y después miras al fantástico mueble de diseño que acabas de reconstruir en tu austero comedor y te das cuenta de que no pega ni con cola con ninguna de las cosas que lo rodean, bueno, quizás con aquella corbata que te regaló una exnovia de color rosa y topos verdes (la corbata, no la novia). En la tienda parecía estupendo porque estaba rodeado de diseños igualmente kisch, pero es que sacado de su entorno familiar el mueble es una especie de experimento genético.
Y desde luego no lo vas a devolver porque después de conseguir meter una mueble de tres metros de alto en el Ford Fiesta y montarlo solo en seis horas es que le coges cariño, es una prueba de tu persistencia y hombría más que un mueble, como si fuera un elemento más de la familia.
Pero ya no solo eso, en Ikea consiguen venderte a precio de oro complementos que si te encuentras en la basura no los recoges, pero que ves allí y te encantan (y que por cierto hacen juego con el mueble), véase:
-Piedras. Si, piedras, te venden las putas piedras que utilizas en el rió para hacer puntería con las truchas. Pues cuando el dueño de Ikea se come una trucha se queda con tu piedra y te la vuelve a vender a precio de marisco. Y la gente las utiliza para decorar...
-Arena, esa cosa de las playas y las obras. Pero de color rojo, claro, para hacer juego con el armario. Y pagas el colorante a precio de oro. Cuando el Papa besa la tierra le deben poner arena del Ikea.
-Flores secas. Cuando se te muere una planta, ¿tú la utilizas para decorar? Pues si vas a Ikea si, porque te las perfuman de nuevo. Es como si cuando se te muriera un familiar le pusieran Rexona y te lo devolvieran diciendo que ha resucitado y está mejor que antes. Y la gente lo compra. Había una especie de palos secos de color negro que deben servir para decorar el castillo del conde Drácula...
Admirable. El mejor negocio del mundo es el que consigue vender de nuevo a la gente lo que la gente tiraría a la basura si no se lo vendieran. Y no vayas a Ikea en fin de semana porque es como ir a Lourdes en procesión. Lo mejor son las parejitas que tratan de decorar sus recién estrenados 30 metros cuadrados. Ikea te convence de que en 30 metros se puede meter el palacio del Sultán de Brunei y además estucado con arena roja Ikea que viene a ser como el pan de oro. Te cabe una cocina, el dormitorio, cuarto de baño con jacuzzi, piscina, sauna y solarium, dos roperos, caseta del perro y plaza de parking para el todoterreno. El estadio olímpico te cabría porque es plegable pero está temporalmente agotado por la alta demanda. Es un espectáculo ver el cubículo Ikea de 30 metros donde cabe todo excepto la gente que vive dentro.
Y sales con el carro cargado de piedras, arena, flores secas y un montón de ideas para construir una utopía en tu propia casa, el único problema es que resulta que tu casa tiene 30 metros, si, pero no es cuadrada. Así que acabas viviendo en un ambiente único, concepto también muy de moda, cocinando en el dormitorio y recibiendo a los invitados en la cama, que acaba siendo inevitablemente redonda, el único lujo en un mundo donde todo está pensado al milímetro para hacer la vida alegre, agradable y barata. Sonriamos todos.
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