martes, 27 de septiembre de 2005

El honor y la sangre

Pilar Rahola es de aquellos personajes que me producen reacciones contradictorias. Recordando su paso por la política en ERC y sus intervenciones en magazines televisivos (impagable cierta entrevista con Jarabe de Palo donde le tiraba los trastos de forma descarada a Pau Donés) siempre me ha dado la sensación de que mantiene un inestable equilibrio entre autenticidad y comercialidad, que se suele decantar por esta última. Pero debo reconocer que me parece muy inteligente y cuando quiere da en el clavo. Como en este artículo aparecido hoy en El Periódico.

El honor y la sangre

• El jolgorio televisivo sobre el rito de la virginidad en la boda de Farruquito es una vergüenza colectiva

Este no es un artículo sobre gitanos. Desde los años en que Juan de Dios Ramírez-Heredia, con su elegante porte y palabra, nos enseñó nuestras vergüenzas con el pueblo gitano, algunos descubrimos sus muchas virtudes y sus más que notables valores. De lo mucho que recuerdo en mis años de periodismo televisivo, el reportaje que hice con el Gato Pérez y los gitanets de Gràcia y la calle de la Cera fue uno de los más densos en sentimientos y emociones. Gente notable. Gente noble. Y no lo digo desde el paternalismo que, a menudo, acompaña la mirada progre, sino desde el convencimiento.

En algunos aspectos, los valores gitanos están muy por encima de los valores colectivos. Hablo de la familia, por ejemplo; del respeto a los mayores; de la vida y la muerte. Pero si en esos aspectos el pueblo gitano conserva valores fundamentales que casi se han perdido, en otros necesita una urgente, comprometida y contundente revisión. Algunos rituales, expresados con pompa y alegría en todas las televisiones, incluida TVE, vinculados a la virginidad de las mujeres y al concepto de propiedad, no sólo son inauditos e indignantes, sino que tendrían que estar prohibidos por ley.

No voy a entrar en toda la parafernalia de la boda de este bailaor, Farruquito, que, por mucho arte que tenga, debe su actual caché económico a la triste fama que le ha dado un accidente mortal. Aunque me permito un apunte indignado. Después de matar a una persona, haberse dado a la fuga, construir una mentira con diversos cómplices para escapar de sus responsabilidades y finalmente protagonizar una sentencia escandalosa cuya vergüenza connota a toda la judicatura, después de todo ello, ¿cómo puede alguien montar un bodorrio como éste? La falta de respeto a la viuda, a los padres, a todos aquellos que han llorado a la víctima de su irresponsabilidad, es absolutamente denigrante.

Pero más allá del bodorrio y del numerito de España negra que se han montado con ayuda de las televisiones, como si los gitanos aún fueran aquel colectivo marginado del mundo y que sobrevivía a pesar de él, se nos ha colado con toda naturalidad un ritual de sangre, dominio y machismo que, hoy por hoy, resulta un escándalo. Por supuesto, hablo de la prueba de la virginidad. Hablo de una chica obligada a pasar por la vergüenza de abrirse de piernas, permitir que una mujer le introduzca un pañuelo, le rompa el himen y muestre su virginidad intacta a todos los jolgóricos invitados al evento

Sé perfectamente que en este punto del artículo ya los habrá que me aseguren que las chicas van encantadas de la vida al ritual, que lo hacen libremente y etcétera. Conozco perfectamente hasta qué punto una mujer puede aceptar el dominio. Pero ello no significa que la sociedad no tenga que poner las cortapisas legales a ese evidente maltrato, derivado de la cultura patriarcal que tanto nos ha costado transformar. El ritual de la virginidad gitano es una vergüenza cuya única raíz se asienta en la convicción de que la mujer es propiedad del marido y que, como tal propiedad, tiene que llegar a su propietario intacta.
Por supuesto, no se aplica al hombre el mismo ritual, y no sólo por las dificultades obvias de poder hacer la comprobación pertinente, sino sencillamente porque son rituales de unos tiempos en que la mujer ni decidía sobre su cuerpo, ni decidía sobre su vida. Ya sé que se trata de un ritual antiguo, cuya perpetuación tiene que ver con las tradiciones culturales. Aunque, como habría dicho el magnífico poeta Pere Quart, algunas tradiciones no están relacionadas con la cultura, sino con la antropología. Pero incluso si se trata de una tradición ancestral, ello no es óbice para que sea una barbaridad. Y si algo hemos aprendido, con el derecho en la mano, es que las barbaridades no pueden ser justificadas por la tradición.

En la España que se ha despertado con las estadísticas brutales del maltrato. En la España donde las mujeres jóvenes tienen, como primera causa de muerte, por encima de los accidentes de coche y del cáncer de pecho, la violencia de género. En la España que se ha concienciado, ha legislado y ha combatido esta lacra social, permitir que un grupo humano perpetúe como tradición un ritual de dominio y maltrato, y que además se convierta en jolgorio televisivo, como si fuera lo más normal del mundo, resulta una vergüenza colectiva. Para los gitanos, porque los contamina y los embrutece. Para todos, porque va en la línea contraria de la pedagogía de la igualdad.

Si me permiten, entre las gitanas emancipadas, brillantes, guapas y libres de Azúcar Moreno, y esa gitana acobardada, escondida, callada y virgen que se ha casado con Farruquito, hay unos cuantos abismos. El abismo entre un pueblo gitano inserto en el derecho y en la modernidad y un pueblo atado al tradicionalismo irredente. El abismo entre las mujeres gitanas que dominan su propia vida y aquellas que están sometidas al patriarcado dominante. El abismo entre el futuro posible y el pasado marginal. El abismo entre un pueblo gitano que aporta lo mejor de él a la sociedad y un pueblo que perpetúa el estigma y la exclusión.

En este sentido, lo peor de Farruquito no ha sido su indecencia con el bodorrio, ni tan sólo haber protagonizado un ritual de sangre, honor y dominio que ya no veíamos desde los tiempos de Valle-Inclán. Lo peor ha sido el aplauso de una parte de los suyos, y el silencio de los otros. Los gitanos que han callado, aunque sean críticos, han sido cómplices del aplauso. Y su silencio pesa, hoy, como un añadido a la vergüenza. Personalmente lo tengo meridianamente claro. No podemos esperar a que los Farruquitos evolucionen hacia la cultura de la igualdad. Tenemos que proteger, por ley, a las mujeres de los Farruquito. Incluso a pesar de ellas mismas.
Pilar Rahola
Periodista



Poco más hay que añadir, solo que parece mentira que estemos en el siglo XXI y se siga valorando la virginidad femenina como una posesión masculina, que un delincuente pueda cometer impunemente un asesinato (atropellar a alguien y huir no es otra cosa) y además pretenda mantener una imagen pública intacta haciendo ostentación de una boda multitudinaria. Pero tampoco me esperaba otra cosa viendo la calidad humana del sujeto Farruquito.

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