Para empezar descubrí finalmente que era una chica muy joven y no una señora madura. Sé que es una percepción injusta y erronea la que tengo de las señoras de la limpieza, pero siempre me imagino algo tipo Aída. Pues no, se confirma que la televisión distorsiona la realidad. Aída es un pozo de virtudes.
Personalmente creo que su ilusión en la vida es sabotearnos, porque tantos detalles subversivos juntos no son normales. Sus logros van desde fregar el suelo con una substancia desconocida que nos dejaba a todos pegados (hacíamos bromas sobre quien sería el primero en arrancar una baldosa con la suela del zapato) al extremo opuesto: encerarlo (todavía recuerdo cómo voló una compañera de trabajo pasillo abajo haciendo el salto del ángel...). Su sistema es el de prueba-error-prueba, pero todavía no ha llegado al de prueba-error-corrección. Ella erre que erre, erra. Otra vez nos encontramos con el suelo cubierto de polvo, todavía no sabemos por qué. Las pantallas de ordenador las friega sin miramientos y ves los restos de bayeta mientras tratas de trabajar. Las toallas se eternizan en el lavabo, llevan tanto tiempo sin ser cambiadas que te saludan cuando entras, son como de la familia.
Y lo peor es su afición a los puzzles. Coge cualquier cosa susceptible de ser fragmentada, la destroza y la recompone. Sospecho que debe ser descendiente del doctor Frankenstein, porque esta afición a los trozos no es normal. Hoy le ha tocado al filtro de mi taza de té. Lo ha recreado a su manera. Un poco como el Supermán Bizarro de los comics.
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